Dios: su rostro (7)

Alza sobre nosotros, oh Señor, la luz de tu rostro… En tu presencia hay plenitud de gozo… Tu rostro buscaré, oh Señor.
Es frecuente hallar referencias al rostro de Dios en todo el Antiguo Testamento. Lo vemos especialmente en la historia de Moisés. Dios lo había escogido para liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto, para darle la ley del pacto y conducirlo a la tierra prometida. Moisés tenía una relación íntima con Dios. “Hablaba el Señor a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (Éxodo 33:11). Así pudo cumplir con la misión que se le había encomendado.
Cuando amamos a alguien, nos agrada verlo. David oró: “Tu rostro buscaré, oh Señor” (Salmo 27:8). Era la expresión de un amor real, de un intenso deseo de comunión.
El rostro de Dios es Dios mismo, vuelto hacia el hombre, manifestado a este mundo a través de su Hijo Jesucristo, quien dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).
El primer versículo de hoy evoca la luz de la presencia divina. Esta luz ilumina a todo creyente, pone al descubierto nuestros pensamientos, nuestras acciones, nuestras intenciones. Es urgente buscar su rostro recibiendo su mensaje de gracia: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31). Entonces pasamos de la oscuridad a la luz. “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Estamos, pues, invitados a vivir en la verdad y el gozo de su presencia, para reflejar algo de esa luz en nuestro alrededor.
La piel del rostro de Moisés resplandecía, porque él había hablado con Dios (Éxodo 34:29, 35). ¡Qué testimonio tan impresionante para los que lo vieron!
(fin)
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