¿Una simple fórmula de cortesía?

El amor es sufrido, es benigno… no hace nada indebido, no busca lo suyo… no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.
El apóstol Juan comienza su carta a Gayo con estas palabras: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 1:2).
En la vida cotidiana, las preocupaciones concernientes a la salud y al trabajo tienen un lugar predominante. A principios de año, sobre todo, cuando nos encontramos con un familiar o conocido, solemos preguntarle cómo está, y nos tomamos el tiempo para escucharlo. El apóstol Juan hizo lo mismo, con sinceridad, pero en seguida pasó a hablar de algo mucho más importante: el estado del alma de su amigo. En efecto, sabía que Gayo andaba “en la verdad” y deseaba que su alma prosperara.
Las fórmulas de cortesía pueden esconder mucha indiferencia. Interesémonos realmente por nuestros interlocutores, y no nos limitemos a preocuparnos solo por su salud o la de su familia. Pensemos también en el estado de sus almas. El rey David, en un momento de angustia, escribió: “No hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida” (Salmo 142:4). Las personas con las que hablamos quizás esperan que nos interesemos por su alma… ¡No perdamos las oportunidades que se nos presentan!
Y para nuestros hermanos en la fe, también es importante. No seamos tímidos, atrevámonos a hablar sobre el estado de nuestras almas, de nuestros corazones. Esto nos dará la oportunidad de ser “mutuamente confortados por la fe que nos es común a vosotros y a mí” (Romanos 1:12).
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